lunes, 25 de enero de 2010

De melancolías y sombras esperadas.


Día soleado, un insulto, era tanta la melancolía que tenia en el cuerpo, en la sangre, derramándose a través de los parpados que intentaba cerrar pero que seguían permeables a ese sentimiento insano, y ese día que brillaba de luz, de alegría, de vida y la hacía sentir peor, más destruida, más triste y yerma por dentro. Deseaba fervientemente nubes, lluvia, que el gris se instalara sobre su cabeza, que el cielo le quitara algo de su sufrimiento para no contrastar tanto con su ojos.
En la parada donde esperaba ese colectivo endiabladamente puntual, miraba al cielo y se sentía desangrar por tanta belleza clavada en las pupilas. Había llegado antes de tiempo, y ahora debía esperar que la línea que la llevaba a su casa, donde podía abandonarse al gris de sus cortinas, cumpliera el recorrido. Nunca había llegado antes de la hora acostumbrada, no lo haría ese día, por más que ella lo deseaba con fuerza, la dejaría allí, desentonado con esa tarde primaveral.
Lo vio cuando doblo en la esquina, no lo conocía pero no podía dejar de reconocerlo, el talle un poco ajustado del saco de paño, la bufanda que el viento quería arrebatarle porque ya no era necesaria, pero por sobre todo sus ojos, sus ojos eran pozos, crueles y fríos. Él era la sombra que había estado esperando, era esa nube que necesitaba. No la miró cuando llegó, solo se paró a su lado y cubrió el sol con su figura alta y aguda. Todo eso que la mataba por dentro fue lo que encontró cuando el se giró y le clavo la mirada gélida, como preguntando que es lo que la hacía temblar.
Al fin se sentía más libre, él le quitaba del pecho la melancolía, la absorbía en ese circulo negro que formaban sus cejas y ojeras alrededor de la fosa que eran sus ojos. Era su sombra, su catarsis para tanta luz que la hería en contraste con la soledad que tenía adentro.
El colectivo de la línea que la llevaba, siempre tan puntual, se adelanto casi 10 minutos, pero nadie subió en esa parada, donde una joven demasiado abrigada empalidecía junto a un hombre que no la miraba, pero le tomaba la mano y le congelaba el alma.
Luego serian amantes, amantes que ya no sienten.

1 comentario:

  1. Quizás el conjunto de dos sombras rehagan finalmente una historia con algo de luz...

    Besos, Fotografías.

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