martes, 9 de marzo de 2010

De la conciencia de las sombras


No había soñado, esperado ni querido encontrarla. Mucho menos ese día donde la puerta-trampa de su conciencia había cedido, dejando escapar las verdades que no quería confesarse. El control de esas certezas era su único amparo, el último refugio. Pero esa tarde calurosa, ese viento imperturbable le desenredaba la bufanda, así como las ideas, la conciencia de sus pecados, cometidos siempre contra si mismo. En esa situación se había reencontrado con esa mujer de su pasado, justo el día en que estaba hundido en las autoconfesiones tan temidas.
La mirada de ella seguía diáfana, era imposible comparar ese rostro con el del último recuerdo que tenía, la cara bañadas en lágrimas que él había convocado con su adiós precoz de hombre siempre asustado, que siempre busca algo más. Y mientras él había seguido tras un ideal que nunca encontró ella seguía viva, florecido el busto de ilusiones, respirando con libertad; mientra él ya no podía inspirar sin sentir dolor, un dolor al que no se habituaba después de años de tenerlo por compañía, ya no podía conocer a alguien, albergar ilusiones sin la certeza de una próxima destrucción, sin poder evitar pensar desde el principio que apagará la luz con las sombras que ahora siente escapara de su mente, las sombras que son su hogar, que ya no puede ignorar cuando se mira en el espejo.
Dobló en la esquina, se dirigió a esperar un taxi que lo ayudara a escapar del día, aunque no pudiera alejarlo de si mismo y de los fantasmas que le rondaban la conciencia, que lo arrancara a él del viento. Parada había una mujer, temblando de frío. Su figura lo llamaba, esa falta de concordancia, la mano finísima abandonada a un viento que no podía arrastrarla.
En un momento de locura, atraído por la fuerza gravitacional de esa mano blanca y melancólica, alargó la suya, tan sombría y la tomo. Ella giro la cara y le clavó los ojos acerados.
— Ya no siento— fue todo lo que dijo, pero no le resultó extraña la confesión, las sombras y la melancolía no se deben tantas explicaciones.
— Yo lo prefiero así.
Y el sonido de un colectivo que pasaba frente a ellos cortó las palabras que no iban a decir, la promesa ya estaba hecha.

lunes, 25 de enero de 2010

De melancolías y sombras esperadas.


Día soleado, un insulto, era tanta la melancolía que tenia en el cuerpo, en la sangre, derramándose a través de los parpados que intentaba cerrar pero que seguían permeables a ese sentimiento insano, y ese día que brillaba de luz, de alegría, de vida y la hacía sentir peor, más destruida, más triste y yerma por dentro. Deseaba fervientemente nubes, lluvia, que el gris se instalara sobre su cabeza, que el cielo le quitara algo de su sufrimiento para no contrastar tanto con su ojos.
En la parada donde esperaba ese colectivo endiabladamente puntual, miraba al cielo y se sentía desangrar por tanta belleza clavada en las pupilas. Había llegado antes de tiempo, y ahora debía esperar que la línea que la llevaba a su casa, donde podía abandonarse al gris de sus cortinas, cumpliera el recorrido. Nunca había llegado antes de la hora acostumbrada, no lo haría ese día, por más que ella lo deseaba con fuerza, la dejaría allí, desentonado con esa tarde primaveral.
Lo vio cuando doblo en la esquina, no lo conocía pero no podía dejar de reconocerlo, el talle un poco ajustado del saco de paño, la bufanda que el viento quería arrebatarle porque ya no era necesaria, pero por sobre todo sus ojos, sus ojos eran pozos, crueles y fríos. Él era la sombra que había estado esperando, era esa nube que necesitaba. No la miró cuando llegó, solo se paró a su lado y cubrió el sol con su figura alta y aguda. Todo eso que la mataba por dentro fue lo que encontró cuando el se giró y le clavo la mirada gélida, como preguntando que es lo que la hacía temblar.
Al fin se sentía más libre, él le quitaba del pecho la melancolía, la absorbía en ese circulo negro que formaban sus cejas y ojeras alrededor de la fosa que eran sus ojos. Era su sombra, su catarsis para tanta luz que la hería en contraste con la soledad que tenía adentro.
El colectivo de la línea que la llevaba, siempre tan puntual, se adelanto casi 10 minutos, pero nadie subió en esa parada, donde una joven demasiado abrigada empalidecía junto a un hombre que no la miraba, pero le tomaba la mano y le congelaba el alma.
Luego serian amantes, amantes que ya no sienten.

sábado, 19 de diciembre de 2009

De las confesiones de los amantes que ya no sienten.


Se habían quedado enredados entre algo parecido a sabanas, en un sillón que interpretaba papel de cama, simulando que la cercanía de otra piel ahuyentaba el calor de noviembre, los cabellos femeninos anudados casi en el cuello de él. Una imagen habitual en ellos, con la diferencia de que ahora Ella era la dormida y Él quien velaba el sueño. “Un cambio agradable” pensaba él, ya que ahora podía disfrutar de la imagen que el insomnio de ella le negaba siempre, cuando despertaba para encontrar los ojos oscuros clavados en su perfil, la caricia del pelo desenredándose de su garganta cuando se levantaba para irse. Ahora la veía al fin dormida, más pacífica, con la frente siempre altiva ahora al resguardo de su mandíbula. “Así es como me enreda el pelo, y yo que pensé que lo estaba dejando crecer para algún día ahorcarme”.
Ese pensamiento lo sorprendió, no le gustaba confesarse a si mismo las inseguridades, pero con Ella era difícil ocultarlas. Se iba siempre sin volver la cabeza para mirarlo, llegaba siempre como si nunca se hubiesen despedido, dejándolo en ridículo, a Él y a esa necesidad que lo inundaba cuando se hundía en el recuerdo de Ella. En el fondo sentía que esa urgencia se notaba y que ella seguía con él por la pena que le inspiraba, pero también odiándolo por su debilidad, por no respetar las distancias que se prometieron el primer día.
Ahora dormida hasta se veía como una mujer enamorada, con esa expresión placida de quien se siente feliz solo por el roce de una piel. “Tendría que probar sedándola, tal vez así esta relación funcionaria mejor” pensó riéndose de su propia estupidez.
Ante el mínimo movimiento de pecho que usaba de almohada el sueño de Ella se interrumpió, pero no reaccionó como él pensaba, clavándole la mirada acerada al instante, en cambio abrió los ojos con lentitud y apoyó los labios en el cuello de su amante.
-Te desperté…- la voz de Él salió casi susurrada, tal vez para que el hechizo del sueño volviera.
- Si, y estaba teniendo un sueño hermoso.
- ¿Un buen sueño? Contame.-pero como Ella negó con la cabeza pregunto- ¿Por qué no? Si es bueno no encuentro razón para que te lo guardes sola, no seas egoísta.
- A mi me gustó, pero eso no quiere decir que a vos te pase lo mismo…
- Creo que me podrías dar la posibilidad. No puede ser tan difícil compartir el sentimiento de quien duerme conmigo.
Los ojos de Ella se clavaron al fin en los de su compañero, pero con un cambio, había en ellos, junto a una felicidad palpable algo de miedo, tal vez a la reacción de Él.
-Soñé que éramos Uno. Que vos también me amabas, que tu grito rasgaba mi garganta, que tus ojos lloraban mis lágrimas.
Y tras decir eso, sin esperar la reacción que despertaría su confesión, escondió otra vez la frente contra el cuello de Él, temblando, mientras Él temblaba de miedo y felicidad.

viernes, 11 de diciembre de 2009

Amores inconscientes


Como un niño
Perdió cualquier esperanza de redención.
Angelical
El cinismo ahogado en su profundo sentir.
Obnubilado
Extraviado en el terciopelo de su falda negra.
Sin reparos
Se entregó absoluto a esas manos de marfil.
Sonriente
Vivía en la profundidad negra de sus ojos.
Con deleite
Sorbía el milagro de su aliento congelado.
Enamorado
De la muerte misma y su guadaña argenta.

sábado, 21 de noviembre de 2009

La enemiga


La piel traiciona, se estremece
Desoye la indiferencia que siento
Ignora altiva la denuncia que grito
Contra su impertinencia demencial.

Y se estremece ante el recuerdo
Ante el sinsentido que no olvida
Sin recordar las palabras que odio
Sin entender lo inútil del encuentro.

Vanidosa e infantil, se agita, tiembla
Como si no conociéramos las dos
De esos labios y roces envenenados
¡Como si no supiera de la muerte
Que trae esa boca enredada!

Deberías, por inocente y tonta,
Sentir el dolor y la agonía
Que deja ese beso en mi interior,
Donde recuerdo que él no me deja ir
Donde entiendo que no nos quisimos ir.

sábado, 7 de noviembre de 2009

De estrellas e ilusiones heladas


La noche anuncia que sufre
Que no hay calma, que no hay paz
La tibieza ha partido cuando debía llegar
Un gemido quiebra impávido
La garganta del viento inesperado

¿Qué ha pasado? ¿Quién te lastimó?
Noche divina. ¿Quién te robo las estrellas?
Alguien se llevo tu terciopelo
Te dejo desnuda y nublada.
Se llevó tu Luna, noche amada.

Me confiesa tu tristeza que fue ella,
La lluvia, esa pérfida belleza plateada
Quien te ha dejado doliente y desolada.
Ahora sangramos juntas las mismas penas
Lloras tus estrellas, yo mis ilusiones.

A ti te roba la belleza la lluvia que llega,
A mi las promesas que duermen en mi almohada…

lunes, 26 de octubre de 2009

Cúbico


Él me gusta así
Cúbico y simple
Con el roce blanco de sus manos
Que borra las aristas afiladas
Que sangran de mi mente palabras

Él me gusta así
Con su mirada absoluta
Que ve en mí un todo, su todo;
Sin notar las grietas de mi piel
Que supuran hilos de locura

Él me gusta así
Antídoto para mi alma
Que deja de soñar despierta cuando está
Y se carga de versos dolientes
Cuando se va para tal vez volver…
(Para Él, que aunque la historia puede destejerse antes de revelarse, logró mostrarme algo más de mi alma...)