
No había soñado, esperado ni querido encontrarla. Mucho menos ese día donde la puerta-trampa de su conciencia había cedido, dejando escapar las verdades que no quería confesarse. El control de esas certezas era su único amparo, el último refugio. Pero esa tarde calurosa, ese viento imperturbable le desenredaba la bufanda, así como las ideas, la conciencia de sus pecados, cometidos siempre contra si mismo. En esa situación se había reencontrado con esa mujer de su pasado, justo el día en que estaba hundido en las autoconfesiones tan temidas.
La mirada de ella seguía diáfana, era imposible comparar ese rostro con el del último recuerdo que tenía, la cara bañadas en lágrimas que él había convocado con su adiós precoz de hombre siempre asustado, que siempre busca algo más. Y mientras él había seguido tras un ideal que nunca encontró ella seguía viva, florecido el busto de ilusiones, respirando con libertad; mientra él ya no podía inspirar sin sentir dolor, un dolor al que no se habituaba después de años de tenerlo por compañía, ya no podía conocer a alguien, albergar ilusiones sin la certeza de una próxima destrucción, sin poder evitar pensar desde el principio que apagará la luz con las sombras que ahora siente escapara de su mente, las sombras que son su hogar, que ya no puede ignorar cuando se mira en el espejo.
Dobló en la esquina, se dirigió a esperar un taxi que lo ayudara a escapar del día, aunque no pudiera alejarlo de si mismo y de los fantasmas que le rondaban la conciencia, que lo arrancara a él del viento. Parada había una mujer, temblando de frío. Su figura lo llamaba, esa falta de concordancia, la mano finísima abandonada a un viento que no podía arrastrarla.
En un momento de locura, atraído por la fuerza gravitacional de esa mano blanca y melancólica, alargó la suya, tan sombría y la tomo. Ella giro la cara y le clavó los ojos acerados.
— Ya no siento— fue todo lo que dijo, pero no le resultó extraña la confesión, las sombras y la melancolía no se deben tantas explicaciones.
— Yo lo prefiero así.
Y el sonido de un colectivo que pasaba frente a ellos cortó las palabras que no iban a decir, la promesa ya estaba hecha.
La mirada de ella seguía diáfana, era imposible comparar ese rostro con el del último recuerdo que tenía, la cara bañadas en lágrimas que él había convocado con su adiós precoz de hombre siempre asustado, que siempre busca algo más. Y mientras él había seguido tras un ideal que nunca encontró ella seguía viva, florecido el busto de ilusiones, respirando con libertad; mientra él ya no podía inspirar sin sentir dolor, un dolor al que no se habituaba después de años de tenerlo por compañía, ya no podía conocer a alguien, albergar ilusiones sin la certeza de una próxima destrucción, sin poder evitar pensar desde el principio que apagará la luz con las sombras que ahora siente escapara de su mente, las sombras que son su hogar, que ya no puede ignorar cuando se mira en el espejo.
Dobló en la esquina, se dirigió a esperar un taxi que lo ayudara a escapar del día, aunque no pudiera alejarlo de si mismo y de los fantasmas que le rondaban la conciencia, que lo arrancara a él del viento. Parada había una mujer, temblando de frío. Su figura lo llamaba, esa falta de concordancia, la mano finísima abandonada a un viento que no podía arrastrarla.
En un momento de locura, atraído por la fuerza gravitacional de esa mano blanca y melancólica, alargó la suya, tan sombría y la tomo. Ella giro la cara y le clavó los ojos acerados.
— Ya no siento— fue todo lo que dijo, pero no le resultó extraña la confesión, las sombras y la melancolía no se deben tantas explicaciones.
— Yo lo prefiero así.
Y el sonido de un colectivo que pasaba frente a ellos cortó las palabras que no iban a decir, la promesa ya estaba hecha.





